jueves, 22 de diciembre de 2011

Te observo en la oscuridad


Te veo en penumbras, tu cara se dibuja en una oscuridad que nos traspasa, nos fundimos en un solo ser. Tus ojos se cierran, te cambia la respiración, mi pelo pasa a ser tu fetiche. Recorro tu cuerpo incansablemente, mi lengua queda seca, podría ejecutar esto todo el día, con un ritmo endemoniado.
El calor se apodera de nosotros, nuestros cuerpos húmedos se encuentran, se tocan, se besan: un momento sin el otro sería el infierno. Te agarro las manos, no te dejo soltarte, podría convertir tus senos en un monumento para adorar. Comienza la arritmia, una danza frenética, pasional, dulce pero rápida, despacio pero violenta. Las palabras mágicas comienzan a surgir, los ojos se cierran y se abren al ritmo de los músculos, nuestras bocas ya no se besan, chocan toscamente. El final de la función se acerca, la sinfónica empieza a sonar, y al llegar al desenlace todo se silencia: solo queda el jadeo que cesa con el tiempo, los besos dulces y unas pocas palabras, que dan lugar al abrazo y al aplauso del público. De pie, por supuesto, funciones así no se proyectan en cualquier lugar, solo en tu cuerpo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario