Te veo en penumbras, tu cara se dibuja en una
oscuridad que nos traspasa, nos fundimos en un solo ser. Tus ojos se cierran,
te cambia la respiración, mi pelo pasa a ser tu fetiche. Recorro tu cuerpo
incansablemente, mi lengua queda seca, podría ejecutar esto todo el día, con un
ritmo endemoniado.
El calor se apodera de nosotros, nuestros cuerpos
húmedos se encuentran, se tocan, se besan: un momento sin el otro sería el
infierno. Te agarro las manos, no te dejo soltarte, podría convertir tus senos
en un monumento para adorar. Comienza la arritmia, una danza frenética,
pasional, dulce pero rápida, despacio pero violenta. Las palabras mágicas
comienzan a surgir, los ojos se cierran y se abren al ritmo de los músculos, nuestras
bocas ya no se besan, chocan toscamente. El final de la función se acerca, la
sinfónica empieza a sonar, y al llegar al desenlace todo se silencia: solo
queda el jadeo que cesa con el tiempo, los besos dulces y unas pocas palabras,
que dan lugar al abrazo y al aplauso del público. De pie, por supuesto,
funciones así no se proyectan en cualquier lugar, solo en tu cuerpo.

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