jueves, 22 de diciembre de 2011

Confiad y esperad (el legado de Monte Cristo)


Tengo que reconocerlo, no estoy ciego. Sé que no tenes cuerpo de modelo, que sos mal hablada; la mitad de las cosas no te interesan, la vergüenza te come por dentro (y por fuera), te obsesionas por tu cuerpo, descolgas el cerebro. Joder m’hijo, diría una vieja, deja a esa muchacha, puede ser tu ruina!! Pero la amable anciana no escucho la otra parte del relato, la que cuenta el saldo positivo. Escuche doña, y aprenda…
Definitivamente no estoy ciego, si a cada paso ella brilla, no refleja como la luna, alumbra con luz propia, no precisamente de sus ojos, sino luz que sale de su boca, brota de su corazón, es su alma la que asombra. Como un cuatrero robo mi corazón, galopando se lo llevo, en un abrir y cerrar de ojos me deje llevar, su luz me empezó a curar.
Podría hablarle todo el día de lo bueno de esta mujer, pero creo que es mejor ver que creer.

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