Cuando caminamos por la calle y cruzamos a una
persona no-vidente, lo primero que pensamos es pobrecito, pero no nos damos cuenta que todos somos ciegos de vez
en cuando. ¿Acaso cuando te enamoraste, siquiera te fijaste en que tan lindo
era, o simplemente lo catalogaste como lo más lindo que viste? Perros, relojes,
personas, el amor no conoce límites ni razones, por eso generalizamos, describimos
en una o mil palabras a eso que nos tiene con las pulsaciones altas.
Por momentos parecemos ciegos, pero en realidad, la
ceguera no es visual, sino superficial: logramos ver lo que el cuerpo intenta
tapar, logramos encontrar el contenido del envase; y ahí sí, besamos con
pasión, amamos con locura y desenfreno, nos brindamos al cien por ciento. Parece
simple, pero uno siempre se resiste, hasta que finalmente logra doblegarse por
el sentimiento, como si de un sufrimiento se tratara. Y ahí te das cuenta (y
siempre es por primera vez) de que el mundo no es hermoso pero lo puede llegar
a ser, de que esa persona no es un héroe o una heroína, pero hoy te alegra el
día, la semana, el mes; una simple salida se puede transformar en una
excursión, en donde no importa el destino sino quien te acompaña, ganas
confianza, superas obstáculos más fácil, y todo gracias a una persona, todo
gracias a un sentimiento, a una palabra de cuatro letras: amor.
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