jueves, 22 de diciembre de 2011

Musas (mi declaración)


Mil veces he leído sobre musas. Que son las musas? Escritores y pintores famosos han tenido de estas, pero nunca podía ver el concepto detrás de la mujer. Picasso tuvo a Adriana, Hemingway tuvo al mar de Cuba y Miller al sexo y el alcohol.  
Los entendidos podrán decir que es “algo” que produce en la persona una inspiración mayor o apropiada para el momento de crear. No puedo afirmar si esto es así, pero creo experimentar el significado.
Acaso Dalí se levantaba a la mañana pensando en elefantes y relojes derritiéndose? Seguramente que sí, eran su obsesión. Ya lo dijo Klimt, pinta lo que no ves. Yo no pinto, tampoco me considero escritor, tan solo soy un hombre inserto en otro hombre, ocupando un momento de su vida, en donde deja de lado su modismo, su mecanismo cuasi-perfecto, y da lugar a la persona libre dentro suyo, al pseudo-anarco que guardo hace un tiempo, no a ese que leía a Kropotkin, sino al que devora libros de Rimbaud en horas, al que ve Into the wild e intenta llorar, sin resultado, queriendo ser Alexander Supertramp, un héroe anónimo.
Si esto fuera mi declaración, te diría que soy culpable. Sí, soy culpable de haberte visto, de hablar con vos así nomás. No soy una persona de primeras impresiones, de hecho, en mi vida, todo lo que más me gusta, al principio no le di importancia. Hablamos dos horas, 15 minutos, 45 quizás? No lo recuerdo. Te fuiste, y mi vida siguió. En la semana no tuve recuerdos de esa charla, mi vida seguía como si nada. Llegó el viernes y se me deslizo tu nombre en una charla, lo que hizo que ciertos ojos me miren asombrados. De repente, en menos de 30 minutos, otra persona te mencionó, y luego otra, otra, y así durante toda la noche. De un momento a otro, tu nombre había pasado de ser algo respetado bíblicamente a un objetivo. Desde cuando yo tenía objetivos, desde cuando era una persona con ánimos de conquistador?
Soy culpable, lo sigo siendo. Viniste hacia mí, eras como mi prueba de valentía, como el dragón que el guerrero mata para hacerse fuerte y declararle a los demás que tienen que temerle. Pero claro, yo no podía matar al dragón, no está en mí, nunca lo estuvo, siempre preferí hablar antes de luchar. Y vamos a decir la verdad, sos un dragón infranqueable, difícil de vencer, escupís fuego al menor movimiento. Ahí es cuando me di cuenta que quería escucharte, quería saber quién eras, porque tenías esas alas y esa condena. Como un carenciado, la necesidad se apodero de mí.
Hablamos toda la noche, como si fuéramos viejos conocidos. Tus amigas se acercaban y te preguntaba que pasaba, cuando te iba a besar. Mi idea era hacerme tu amigo, yo quería volar con el dragón, no intentaba matarlo de una estocada. Resulto que él no buscaba volar, pero tampoco quería morir: el dragón tan solo quería vivir feliz, y ese fue mi desafío. Eso sí que me motivaba, eso suponía auto superación, pero otra vez volví a equivocarme. Para cuando me quise acordar, las palabras brotaban de mi boca dulcemente, como si con ellas quisiera acariciarte. Mi misión volvía a reasignarse, el objetivo era distinto, pero siempre el mismo, con la diferencia de que yo no era más un guerrero, sino un médico. Yo quería curarte, pero el ser humano no puede lograr lo que es propio del tiempo.
Esta sentencia siempre fue cantada, porque desde el principio dije que era culpable. Culpable en todos los sentidos y niveles que le encuentres. Me declaro no inocente, en el hecho de que decidí intentar hacerte feliz siempre, porque vos, sin ningún esfuerzo, lo lograste en mí. Porque no se sabe lo que es ser feliz si no volviste del hastío, y creo que por caminos separados y con mochilas muy distintas, ambos conocemos ese lugar. 
Los catedráticos seguirán investigando a las musas, sin pensar que perdieron el tiempo para buscar la suya. Es increíble, por momentos, sentirse un escritor, sabiendo que la parte más difícil ya la tenes con vos. Las canciones rezan por ellas, miles de poetas fracasados piensan encontrarlas en la próxima esquina, en el siguiente bar, en el fondo de la próxima botella. Yo te encontré sin querer, porque todo lo que llega y no impresiona en la primera vista, es porque la retina lo guarda para ella, y en el segundo encuentro recién te deja disfrutarlo.

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