De un momento a otro me logro meter en el ojo del
huracán, esa falsa calma, esa bolsa de aire inerte que te da un respiro para
poder soportar la segunda parte. Sin esto, nadie podría soportar toda la carga
entera, te das cuenta que es lo mejor que te va a pasar en el día. Cuando
logras acostumbrarte a ella, es cuando te toca salir, cuando un empujón te
lleva otra vez hacia la tempestad, aunque ahora te agarra con más experiencia.
Si la calma precede a la tempestad, el
desequilibrio, seguramente, es el elemento posterior del infierno que te toca
atravesar.
La lluvia, esta vez en forma mansa, baña los techos
grises del suburbio, regando a su paso la tierra después de tanto daño. Ya las
lágrimas no fluyen, no valen la pena, solo queda mirar hacia adelante para
poder vislumbrar el sol, ese que mañana traerá el amanecer.

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