lunes, 17 de octubre de 2011

Lagrimas de sal

En la tarde veía tu barco alejarse, mientras las olas moldeaban a su gusto unas rocas en la escollera. Cuando tu vida se convierte en angustia, todo lo demás pasa a un segundo plano; ya no importa donde estas, si es Montmartre o Burdeos, si acaso tu nombre conserva el honor. 
Eolo siempre me había ayudado, a excepción de hoy, cuando llevó tu navío hacia otras aguas y mi corazón hacia el olvido. Con mi mano en alto lo maldigo, mientras pienso en ahogar todo esto en alcohol. El agua es agua, y si en ella no puedo ahogarme -demasiado orgullo para suicidarme, demasiado orgullo para seguir viviendo- por lo menos intentare que entre ambos, quede un ganador en pie. 

Camino por París, la Rue Lafayette es testigo de mi andar sosegado. Mi mano sujeta una botella de ajenjo, la cual desvergonzadamente bebo. Algunas personas salen de un bistro y cruzan la calle, hoy los bares explotan de jazz y charlestone, nadie quiere perderse un detalle, pero tampoco quieren ser parte, solo observar.
Me siento en el primer bar de la esquina: "una botella de vino tinto, por favor, un papel y una pluma". Al cuarto vaso, comienzo con mi escritura, a un ritmo demoníaco, que ni el propio Hemingway podría seguir. Las letras se van juntando con la ira, y las lagrimas lavan un ensayo, quizás una carta, que nunca leerás. 
La gente sigue pasando, y con el tiempo encuentro a Henry a mi lado, gruñiendome "vamos por los bares, a las fiestas, que nadie nunca sufrió tanto como para llorar al escribir".
En un instante pase de unas copas de vino tinto cargadas de dolor, al champagne cual antídoto, donde sus burbujas se elevan llevándose consigo infinidades de sentimientos, a excepción de las banalidades. Todo es un carrousel de la belleza, y yo voy corriendo al revés, esquivando caballos, carruajes. No logran golpearme, pero tampoco logro bajar, es una lucha incansable en la cual no puedo dejar de participar.
Las campanadas de Notre-Dame dan las 4 y vuelvo a vagar por las calles. Deje atrás a Miller, quien enredado en Anais partió para el barrio latino, envuelto en sexo. Por momentos añoraba esos raptos de pasión, aunque en este instante los odiaba. 
Buscando un banco para dormir, alguna plaza que cobije mi cuerpo, abrazado a otra botella de vino, creí verte. Corrí, tropecé, caí y desapareciste. Mi botella estaba en pedazos, mi cara ensangrentada, la moral arrastrada por el piso. Pedí unas monedas, otra botella de vino y me recosté. Me distraje en las estrellas, todas tenían tu nombre, todas formaban tu cara. En un parque perdido entre los arrabales de París, tu nombre heria, cual daga a mi corazón, mientras las ultimas gotas del fruto de las uvas me sumía en un sueño del que, quizás, nunca despertaría.

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