miércoles, 19 de octubre de 2011

Porque escribo?

La necesidad de escribir, como que se traduce? Angustia, ganas de gritar reprimidas, felicidad? Como mi cabeza no para de trabajar, quizás es su forma de exteriorizar lo que no entiende, lo que no puede digerir rápidamente. No importa si estoy triste, feliz o dubitativo, ella sigue forzando la maquina con todos sus mecanismos, hasta llegar al punto de que no existe mantenimiento que la pueda contener armada.
Por supuesto que tengo momentos de relajación: una película, un disco, una vuelta por el campo, siempre y cuando estos no me recuerden los pensamientos anteriores, lo cual haría que vuelva a funcionar a mas vueltas.
Quizás escribo porque no tengo nadie que me escuche. A nadie correcto, obviamente. Los amigos no tienen ganas de ser psicólogos, la familia no creo que me pueda ayudar y un amor... es lo que me falta, lo que no se si quiero encontrar. Será que cuando te bronceas demasiado empezas a odiar la playa.
Arrancar otra vez, soy un hombre nuevo. Me arreglo los dientes, las herramientas, el pelo; todo para parecer que estoy mejor, que el tiempo para mi pasó, que ya olvide todos los tropezones. Pero esos pozos, esas caídas, tatuadas las tengo en mí, y el tiempo no las borra. Cada noche que me acosté odiando, cada mañana cuando al alba, solo tenia un pensamiento... eso no se borra, no se escribe arriba ni se tacha. Esas son las cosas que te enseñan, los escalones de esta escalera infinita que todos quieren subir rápido sin mirar a los costados.

lunes, 17 de octubre de 2011

Lagrimas de sal

En la tarde veía tu barco alejarse, mientras las olas moldeaban a su gusto unas rocas en la escollera. Cuando tu vida se convierte en angustia, todo lo demás pasa a un segundo plano; ya no importa donde estas, si es Montmartre o Burdeos, si acaso tu nombre conserva el honor. 
Eolo siempre me había ayudado, a excepción de hoy, cuando llevó tu navío hacia otras aguas y mi corazón hacia el olvido. Con mi mano en alto lo maldigo, mientras pienso en ahogar todo esto en alcohol. El agua es agua, y si en ella no puedo ahogarme -demasiado orgullo para suicidarme, demasiado orgullo para seguir viviendo- por lo menos intentare que entre ambos, quede un ganador en pie. 

Camino por París, la Rue Lafayette es testigo de mi andar sosegado. Mi mano sujeta una botella de ajenjo, la cual desvergonzadamente bebo. Algunas personas salen de un bistro y cruzan la calle, hoy los bares explotan de jazz y charlestone, nadie quiere perderse un detalle, pero tampoco quieren ser parte, solo observar.
Me siento en el primer bar de la esquina: "una botella de vino tinto, por favor, un papel y una pluma". Al cuarto vaso, comienzo con mi escritura, a un ritmo demoníaco, que ni el propio Hemingway podría seguir. Las letras se van juntando con la ira, y las lagrimas lavan un ensayo, quizás una carta, que nunca leerás. 
La gente sigue pasando, y con el tiempo encuentro a Henry a mi lado, gruñiendome "vamos por los bares, a las fiestas, que nadie nunca sufrió tanto como para llorar al escribir".
En un instante pase de unas copas de vino tinto cargadas de dolor, al champagne cual antídoto, donde sus burbujas se elevan llevándose consigo infinidades de sentimientos, a excepción de las banalidades. Todo es un carrousel de la belleza, y yo voy corriendo al revés, esquivando caballos, carruajes. No logran golpearme, pero tampoco logro bajar, es una lucha incansable en la cual no puedo dejar de participar.
Las campanadas de Notre-Dame dan las 4 y vuelvo a vagar por las calles. Deje atrás a Miller, quien enredado en Anais partió para el barrio latino, envuelto en sexo. Por momentos añoraba esos raptos de pasión, aunque en este instante los odiaba. 
Buscando un banco para dormir, alguna plaza que cobije mi cuerpo, abrazado a otra botella de vino, creí verte. Corrí, tropecé, caí y desapareciste. Mi botella estaba en pedazos, mi cara ensangrentada, la moral arrastrada por el piso. Pedí unas monedas, otra botella de vino y me recosté. Me distraje en las estrellas, todas tenían tu nombre, todas formaban tu cara. En un parque perdido entre los arrabales de París, tu nombre heria, cual daga a mi corazón, mientras las ultimas gotas del fruto de las uvas me sumía en un sueño del que, quizás, nunca despertaría.

lunes, 10 de octubre de 2011

Una búsqueda de mis faltantes.

Hace un tiempo, se podría decir que bastante largo, encuentro en mi la ausencia de ciertos sentimientos, los cuales por momentos deseo sentir fervientemente. Por el contrario, hay otros que aparecen en mi mas de lo que deseo, generando un malestar y unos pensamientos no muy positivos.
¿Como puede ser que me vaya guardando dentro mio y me sea imposible salir? ¿Acaso la inseguridad me domina en ciertos aspectos de mi vida, cuando en otros soy el guerrero que corre al frente del batallón, espada en mano, al grito de "lucha o muerte"?
Si tengo que definirme, lo haría como: un enamorado de la vida, una persona que busca las emociones básicas, las que realmente nos llenan, nos sirven de algo. Definitivamente, aunque sea paradójico -escribiendo esto desde una laptop y directo a un blog- soy alguien que busca escapar de lo material, de la ultima novedad tecnológica, de estar conectado todo el tiempo. Detesto la dependencia del ser humano, creo que solo tendríamos que vivir con aire y comida, para realmente valorar las cosas que poseemos. 
Miller decía que la vida era un ir y venir, que no importa el destino, sino el aprendizaje que alcancemos en él. Realmente, un aventurero. Esas personas, que tuvieron que salir a buscar algo en la vida, sin saber que era, son las que admiro, las que hacen que plantee mi vida de otra forma. Por eso es que hace un tiempo estoy en busca de mis sentimientos, porque tengo un objetivo claro, pero me falta un tiempo para realizarlo. 
Por momentos me pregunto: ¿Donde quedaron mis lagrimas? ¿Donde quedo mi seguridad? ¿Y la capacidad de entender y amar a los demás? ¿Que hace que las paredes de mi castillo, esa muralla china insoslayable, sea gigante y no deje entrar a nadie?