lunes, 19 de septiembre de 2011

Atardecer en la carretera

Mi mano derecha se mantiene firme, manteniendo el acelerador en su punto justo. El viento pasa velozmente a través de mis brazos y cuello, dándome su bendición, diciéndome: esta tarde solo te voy a acompañar. El sol baña de un dorado resplandeciente los campos de trigo sembrado, el cual espera la primavera para convertirse en harina.
Por los espejos los veo, firmes, siguiéndome como si fuera un general y ellos mis comandados. No importa el frío, calor o lluvia, firmes como estatuas están y estarán. Es como si el mundo corriera debajo nuestro, y no al revés, pasan las vacas mugiendo pasto, los caballos relinchando al sol, los cuises que juegan a cruzar el camino temerariamente. 
El sol sigue cayendo, como fundido en un profundo sueño, y el dorado pasa a convertirse en gris. La soja pierde su verde profundo, confundo el trigo con pasto, los sueños con realidades. El asiento cada vez es menos confortable, y con el correr de los kilómetros, las botas van juntando mas polvo y mosquitos, los cuales en su loca carrera, terminan estrellados contra el guardrail de una pista en donde nunca podrán cruzar la recta final como vencedores.
Mi corcel me pide a gritos que lo alimente, lo cual hago a costa de mi bolsillo. Tengo que darle todos los gustos, ya que el me propicia los míos. Algún cartel pagano me indica que el camino a casa esta finalizando, lo cual mi cuerpo agradece, pero mi alma rechaza. Una vuelta mas, como un nene suplica a la madre subido en la calesita, eso necesito. Pero la luna ya me vigila desde hace rato, la suerte, gracias a mis talismanes, me acompañó desde el asiento trasero, por lo que decido no abusar mas de ella y retorno a la cueva. Si ella quiere, volveremos a cabalgar otra vez.

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