viernes, 23 de septiembre de 2011

La mirada del adiós.

Mediodía del viernes, estación Hernandez del subte. La grandeza del lugar abruma, no da espacio a la intimidad que tienen otras lineas. Los chicos, con uniforme del colegio, emprenden el retorno a casa, y las señoras, de labios pintados y bufanda al cuello, esperan el vagón que las lleve al infierno, tradicionalmente conocido como microcentro. 
Se asoman las luces por la esquina, y en menos de 10 segundos, se encuentra delante de mi. No venia lleno, pero tampoco derrochaba espacio. Me acomodo en el medio del pasillo y tarareo una canción del Indio Solari.
Las estaciones van pasando al igual que la gente. El tren comienza a detenerse y mientras miraba por la ventana, la vi. Sentí que el tiempo se detenía, por un segundo estábamos solos en el mundo. Podia sentir la conexión, sus ojos clavados en los míos, nuestras mentes dialogaban y nosotros inertes, viéndonos. 
El  mundo volvió a rodar, y en el tumulto de gente, subió. Se acomodo al costado de la puerta, pero en vez de mirar por la ventana de esta misma, miraba para el pasillo, como si me estuviera observando detenida y cautelosamente. De su cartera saco un celular, se puso los auriculares y, perdida en la tecnología, se mezclaba con la gente. Ahí me aproveche y la mire detenidamente. Tenia un andar altanero, nariz repingada, pañuelo al cuello. Una cajetilla, como diría el tango. Los bucles le caían sobre los hombros y un lunar adornaba su mejilla izquierda. Sus dientes, blancos y perfectos como el marfil, acompañaban a una sonrisa cómplice, seguramente producida por la voz de sus auriculares. Era un diamante pulido por un joyero perfecto. Su barbilla se coronaba con un hoyuelo en el medio, cuota de ingenuidad perfecta. 
Las estaciones seguían pasando, pero yo no podía dejar de mirarla. Me tenia atado, amarrado a unas cuerdas imaginarias, las cuales me obligaban, por mas que intente lo contrario, a examinarla. Era la mas linda del amor, seguramente Solari la había visto antes que yo, estaba convencido de eso.
Las estaciones no se repiten infinitamente, por lo que mi parada era la próxima. Me voy acercando a la puerta, a su puerta, y el corazón me late mas fuerte, la adrenalina de estar cada vez mas cerca se apodera de mi. Las puertas se abren, y todos comienzan a bajar. Tenia mi mirada en sus ojos, cualquier intento por dejar de mirarla era inútil. En un gran esfuerzo, logro mirar el piso para darme cuenta que en un paso estaría afuera, y todo lo nuestro, esa conexión, se habría terminado. Desesperado por la conclusión, doy una ultima mirada, intentando que sea mutua, la mirada del adiós. Pero ella ya no estaba, solo fue una ilusión.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Atardecer en la carretera

Mi mano derecha se mantiene firme, manteniendo el acelerador en su punto justo. El viento pasa velozmente a través de mis brazos y cuello, dándome su bendición, diciéndome: esta tarde solo te voy a acompañar. El sol baña de un dorado resplandeciente los campos de trigo sembrado, el cual espera la primavera para convertirse en harina.
Por los espejos los veo, firmes, siguiéndome como si fuera un general y ellos mis comandados. No importa el frío, calor o lluvia, firmes como estatuas están y estarán. Es como si el mundo corriera debajo nuestro, y no al revés, pasan las vacas mugiendo pasto, los caballos relinchando al sol, los cuises que juegan a cruzar el camino temerariamente. 
El sol sigue cayendo, como fundido en un profundo sueño, y el dorado pasa a convertirse en gris. La soja pierde su verde profundo, confundo el trigo con pasto, los sueños con realidades. El asiento cada vez es menos confortable, y con el correr de los kilómetros, las botas van juntando mas polvo y mosquitos, los cuales en su loca carrera, terminan estrellados contra el guardrail de una pista en donde nunca podrán cruzar la recta final como vencedores.
Mi corcel me pide a gritos que lo alimente, lo cual hago a costa de mi bolsillo. Tengo que darle todos los gustos, ya que el me propicia los míos. Algún cartel pagano me indica que el camino a casa esta finalizando, lo cual mi cuerpo agradece, pero mi alma rechaza. Una vuelta mas, como un nene suplica a la madre subido en la calesita, eso necesito. Pero la luna ya me vigila desde hace rato, la suerte, gracias a mis talismanes, me acompañó desde el asiento trasero, por lo que decido no abusar mas de ella y retorno a la cueva. Si ella quiere, volveremos a cabalgar otra vez.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La vuelta al hacha en ochenta mentes.


Hace unos meses "descubrí" a Ewan McGregor en Long Way Round, el documental de la BBC en donde muestran como el y su amigo Charlie Boorman dan la vuelta al mundo en moto. Claro que después de pensar un poco, me di cuenta de que conocía a Ewan de algún lado, pero como siempre me pasa a mi, yo conozco a todo el mundo de algún lado, pero en realidad no conozco a nadie.
Definitivamente, ese documental me rompió la cabeza. Podía sentir como la vida, hacha en mano, tomaba carrera y partía en dos mi mente, para no volver a juntarla. Por supuesto que desde ese momento, nunca mas volví a pensar como la persona que era. Lo que para algunos podía ser un simple programa de televisión, para mi era el inicio, era la bala que le da la orden al perro cazador de que busque su presa, y si todavía esta viva, que la mate previamente.
Tímidamente me reconozco como un explorador, y como estamos en la era digital, Internet es mi campo y Google mi linterna. Primero leí viajes de vacaciones, después recorridos de uno o dos meses. En seguida estaba leyendo travesías Alaska-Ushuaia, y como una cosa lleva a la otra, las vueltas al mundo, aunque mas escasas, empezaban a ser mis favoritas. Nunca me creí capaz de ellas, siempre leía con asombro, admiración y respeto las hazañas de esta gente. Pero como dije anteriormente, el hachazo sigue haciendo efecto. Cada día veo mas cercano ese momento, en el cual cargare mi corcel y saldré, sin ningún rumbo y con un solo objetivo: disfrutar la vida.


Ah si, y ya me acorde de donde recordaba a Ewan: una magnifica película, en donde su personaje es un hachazo en si.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Buscando un faro

Son esas ganas de explorar, viajar, las que me revuelven la cabeza.
¿Como es que una sociedad se esclavizo a si misma bajo el mismo rey? Y lo mas importante quizas, ¿como es que todos intentamos hacer a ese rey, lo mas feliz y grande posible?
Esas ganas quedan en eso, ganas, sueños, proyectos... todo por ese maldito rey. Hay veces que me gustaria tener alma de hippie y ser como esos que viajan sin mas que un sueño encima, que es el de explorar. Si de chiquito me preguntabas que era lo que queria hacer de grande, yo te decia: quiero viajar por el mundo. Si me lo preguntas ahora, te sigo diciendo lo mismo: quiero viajar por el fucking mundo. La gente siempre dice que la vida es ahora, que lo tendria que intentar. Creo que es mi inseguridad lo que me hecha atras. No es facil decidirse, siempre uno quiere ir preparado, tener una mejor moto, una carpa mejor o una bolsa de dormir que te masajee las bolas.
Todos estos pensamientos se acrecientan cuando lees relatos de viajeros, ves peliculas, o simplemente lees un libro de cocina. La gente que lleva adentro el alma nomade, ve un viaje en cualquier lado, una experiencia. Quizas por eso nunca entendi porque se queja la gente cuando en su trabajo la hacen viajar mucho. Creo que seria el hombre mas feliz del mundo. Pero no lo soy, porque yo siempre llego tarde a todo, incluso llegue mas tarde que la generacion Grunge, que es la que supuestamente llego tarde. ¿Seria iluso pensar que en realidad estoy llegando temprano a algo que va a venir?